Para empezar bien el año, un homenaje a los clásicos.

Si por comunicación entendemos la capacidad para llegar a nuestros interlocutores de manera clara y efectiva, pocos habrán alcanzado la brillantez de William Shakespeare. Su habilidad a la hora de transmitir contenidos y emociones, que se puso de manifiesto en los primeros teatros de la Inglaterra isabelina, a finales del siglo XVI, continúa intacta en los escenarios contemporáneos, y también en la pantalla grande, a través de las innumerables adaptaciones de sus obras al séptimo arte.

Dos ejemplos me parecen especialmente significativos a la hora de poner de manifiesto la maestría del dramaturgo inglés, y se trata en ambos casos de sendos monólogos.

El primero corresponde a “Enrique V”, un drama histórico que culmina en la batalla de Azincourt (1415), una de las más decisivas en la llamada Guerra de los Cien Años. El rey inglés ha cruzado el Canal y dirigido una expedición militar para reclamar sus derechos dinásticos a la corona de Francia, pero su situación es más que precaria: con escasos suministros y una tropa agotada y diezmada por las enfermedades, sus huestes se enfrentan a un ejército fresco y bien armado que le quintuplica en número. La noche previa a la batalla, los soldados ingleses rumian su desesperada situación, sueñan con estar de regreso en casa, y velan esperando una derrota y una muerte casi seguras.

Pero, al despuntar el sol, el joven monarca les dirige un discurso que reivindica la grandeza de la desventaja, y que en pocos minutos enciende el ánimo de la tropa y conduce a la victoria. Una antológica arenga, pronunciada con una sonrisa en los labios, en la que brillan frases inolvidables: Por Dios, no deseéis ni un hombre más (…) Nosotros, pocos, pocos y felices, banda de hermanos (…) Quien derrame hoy conmigo su sangre será mi hermano (…) Los caballeros que hoy descansan en Inglaterra maldecirán su suerte por no haber estado aquí (…)

Kenneth Branagh dirigió en 1989 una estupenda versión:

El segundo de los monólogos corresponde a “Julio César”, y está universalmente considerado como una obra maestra de la retórica. César acaba de ser asesinado por quienes temían la concentración de poder dictatorial en sus manos, entre ellos Bruto, que acaba de dirigirse al pueblo para justificar el magnicidio. La plebe acaba aclamándole tras un brillante discurso en el que afirma:

Porque César me apreciaba, le lloro; porque fue afortunado, le celebro; como valiente, le honro; pero por ambicioso, le maté (…) ¿Quién hay aquí tan abyecto que quisiera ser esclavo? ¡Si hay alguno, que hable, pues a él he ofendido! ¿Quién hay aquí tan estúpido que no quisiera ser romano? ¡Si hay alguno, que hable, pues a él he ofendido! ¿Quién hay aquí tan vil que no ame a su patria? ¡Si hay alguno, que hable, pues a él he ofendido!

Satisfecho con la reacción popular, Bruto comete el error de ceder la palabra a Marco Antonio, que en el drama shakesperiano pronuncia lo que muchos consideran uno de los más brillantes ejemplos de demagogia: sin dejar de alabar a los magnicidas, a quienes reiteradamente califica como “hombres honrados”, Antonio conduce a la masa en pocos minutos desde la irritación con el líder asesinado hasta la indignación y el deseo de venganza hacia sus asesinos.

Un Marlon Brando inconmensurable dio vida al personaje en otra adaptación clásica de Shakespeare al cine, dirigida en 1953 por Joseph L. Mankiewicz.